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. AIRENE DEL MAR es una novela corta que

muestra la vida de una actriz y maestra de

arte dramático,  quien por diversas ...
LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS
Primera edición:  noviembre 2.000

© Luz Marina Otálora Arias

Fotografía de carátula: 
Jorge Iván Torres G. 

Diseño de c...
Hace frío,  la llovizna es un poco más fuerte y las calles
empiezan a verse vacías.  Ucis agiliza el paso para no
mojarse,...
a > LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS

Cuando regresó del viaje,  tres meses después,  la
llamó a su apartamento,  pero contestó un...
1o LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS

ma,  aunque consideraba que en los tres géneros se
desempeñaba bien como actriz. 

Se levantó...
12 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS

La segtmda contiene una acuarela abstracta,  sus colo-
res son tonos rosa.  Sólo en la tercer...
14 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS

bre del pintor.  Es un Quijote en óleo sobre tela,  en co-
lores negro y gris,  al fondo se v...
15 LUZ MARINA OTÁIDRA ARIAs

co en Europa y él era psiquiatra,  pero era un psiquiatra
que amaba el arte y en especial la ...
PRIMERA PARTE

Había llegado hacía muy pocos días de Europa,  aho-
ra era una profesional en arte dramático y no sabía
qué...
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morir,  además,  porque ella cuidaba  protegía todo lo
que tuviera vida.  Con el tiempo Abe] o...
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iban a la casa y allí junto al fuego tomaban café,  habla-
ban de música,  de literatura o de...
24 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS

plicó que no se fuera.  Le imploró,  pero él no la escu-
chó.  Cuando ella se acercó e intent...
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marido de ella.  A los trece años ya estaba preñada de
su primer hijo.  Ahora a sus cuarenta ...
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saba o se imaginaba el cuerpo de otra.  Aquella noche
no sentí la muerte de Diana,  al contra...
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zas de la vida desaparecen,  es sentir que se quiere con-
tinuar en la vida durante mil años,...
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calle con una mujer;  le comenté que podría ser una
amiga y me dijo que con las amigas no se c...
34 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS

ban eran desoladores.  Con el tiempo me era imposible
concentrarme en la pintura.  Así que tu...
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gresar a mi casa -le dije—.  Tu casa es ésta de ahora en
adelante.  Aquí no sentirás el dolor...
38 LUZ MARINA OTALORA ARIAS

tores,  de los actores o de los pedagogos,  todo depen-
de de cuál sea tu verdadera pasión.  ...
4o LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS

tana para dejarle una encomienda a sus amigos.  Escri-
bió una nota a sus hermanas en la que ...
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todas maneras,  una vez me juré continuar y así lo he
hecho.  Creo que no he defraudado al mu...
44 LUZ MARINA OTÁDORA ARIAS

En la noche de fin de temporada tomó un vaso de
vino con sus compañeros de trabajo.  El direct...
45 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS

ella se fue hasta el arroyuelo y allí se recostó junto a un
eucalipto.  Pensó en Esteban y ll...
4B LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS

có en su agenda de recuerdos y encontró el número
de teléfono del consultorio.  Ahora era una...
50 LUZ MARINA OTÁDORA ARIAS

Toda la tarde cabalgó y se imaginó a Esteban cabal-
gar en la playa.  Trató de imaginar su ro...
52 LUZ MARINA OTÁIDRA ARIAS

café,  una falda larga también café,  pero un poco más
clara,  que combinó con un saco amaril...
54 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS

ustedes ni nosotros llevamos en la sangre la fideli-
dad —dijo él—.  ¿No?  Entonces yo soy un ...
56 LUZ MARINA OTÁIDRA AmAs

que sufra por él o que no sufra,  a nadie le importa el
dolor ni la felicidad del otro,  a cad...
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Había mucha gente en el cementerio.  Parecía que
se hubiera muerto un líder político.  Allí s...
¿a LUZ MARINA orALoRA ARIAS

lo volvería a ver El único recuerdo que tenía de él era
Marrón,  tal vez por eso lo quería ta...
62. LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS

¿Pero es que tú te crees eso de las otras vidas? 
—preguntó Airene—.  Pero por supuesto que ...
64 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS

lección a los malos,  como dirían los niños.  Pero la lec-
ción no la aprendemos porque segui...
TERCERA PARTE

Gitana se encontraba nuevamente en Italia y allí pa-
saba los días en la agradable compañía de su hija,  un...
Airene del mar amor en mi libertad
Airene del mar amor en mi libertad
Airene del mar amor en mi libertad
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Airene del mar amor en mi libertad

Sensibilidad femenina

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Airene del mar amor en mi libertad

  1. 1. . AIRENE DEL MAR es una novela corta que muestra la vida de una actriz y maestra de arte dramático, quien por diversas circuns- tancias tiene que enfrentarse al dolor que dejan el engaño, la soledad y la desilusión. Sin embargo, gracias ala posibilidad de ejercer, según ella, las mejores profesiones l} ‘y que existen, logra culminar su vida con la ' satisfacción de no haberse engañado ni haber engañado al mundo. El amor, la perseverancia y la espiritualidad son elementos que se destacan enla novela, para permitir con ellos la reflexión respecto del verdadero SER, en una sociedad golpeada por la violencia y la injusticia. Airene, Ucis, Esteban, Gitana, Allia, Diana, Mariana, María, Beatriz y Marrón tejen veiozmente los acontecimientos en forma de espiral y en un tiempo circular, hasta la totalidad de la construcción de AIRENE DEL MAR, desenvuelta en espacios latinoamericanos y europeos, durante más de veinte años. ”2fim wei. '
  2. 2. LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS
  3. 3. Primera edición: noviembre 2.000 © Luz Marina Otálora Arias Fotografía de carátula: Jorge Iván Torres G. Diseño de cubierta: Héctor Prado M. , ' Tercer Mundo Editores ISBN: 958- 7931910-4 Edición, diagramación electrónica, impresión y encuadernación: Tercer Mundo Editores Impreso y hecho en Colombia Printed and made in Colombia Dedicutoria A mi madre, quien me enseñó a creer en la vida por creer en mí.
  4. 4. Hace frío, la llovizna es un poco más fuerte y las calles empiezan a verse vacías. Ucis agiliza el paso para no mojarse, pero de todas formas las gotas de lluvia em- papan su blanco cabello, su gabardina negra, y el pa- quete que lleva en la mano. Como todas las noches, llega de su caminata por el parque, se seca y se sirve una copa de vino, luego, se sienta en su sillón, lo aca- ricia con la mano y, nuevamente, recuerda que ese si- llón lo compraron los dos, cuando él aún era joven y cuando ella todavía tenía ganas de soñar. Han pasado muchos años desde entonces, y esa noche, justamente esa noche, recuerda que en esa mis- ma fecha y a esa misma hora comenzaron su conver- sación final, ella se lo insinuó, pero él no le creyó. Pensó que simplemente era otra de sus crisis depresivas y que al día siguiente todo sería igual, pero no fue así, porque al día siguiente cuando él la llamó, el teléfono repicó mucho y la voz de Airene nunca se oyó. Días después, al ver su frustrada comunicación, él decidió llamarla al teatro, pero le dijeron que desde hacía tres días no había ido por a]]í. El pensó que se habría ido a donde algún familiar y quiso respetar el hecho de que ella no deseara comunicarse con él; así que se desentendió del asunto. A los pocos días viajó a Italia y nunca intentó llamarla de allá.
  5. 5. a > LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS Cuando regresó del viaje, tres meses después, la llamó a su apartamento, pero contestó una voz extra- ña diciéndole que Airene ya no vivía allí y que no ha- bía dejado ningún número de teléfono; así que llamó a la escuela de teatro y la secretaria le dijo que ella ha- bía renunciado. Él se extraño mucho, pero no insistió más. Esperó para que fuera ella quien se comunicara l. con él. Mientras tanto, siguió con su vida de psiquia- tra solitario y triste. La verdad es que las conversacio- nes con Airene le hacían falta, su entusiasmo de unos días, su tristeza de otros, sus ojos y su sonrisa. Pasó el tiempo y ese día, después de diez años, cuando hacía su acostumbrada caminata por el par- que, se encontró con Gitana, la mejor amiga de Airene, él entusiasmado le preguntó por ella, entonces, Gita- na le contestó que su amiga estaba de viaje, pero que antes de irse había dejado un paquete para él. —Yo no se lo hice llegar porque en la dirección que Airene me dejó nunca lo encontré —dijo—. El, muy ansioso, le pre- guntó si podía ir a recogerlo y ella lo invitó a su casa en ese Inismo instante. Al regresar a su casa, su corazón latía más aprisa, no sabía por qué. Tal vez era la ansie- dad de saber qué contenía el paquete. Sin embargo, cuando llegó a su casa no lo abrió inmediatamente. En el fondo tenía miedo, así que, allí en su sillón después de beberse algunas copas de vino se quedó profunda- mente dormido. En la madrugada despertó con frío, se abrigo y se dispuso a abrir el paquete. Dentro había una foto de Airene, un cuaderno gordo hecho con hojas sueltas, de distintos colores y empastado con un material ex- traño que daba la impresión de ser un fino cartón, pero 4.. Mad“. —-«i—+ var-e-‘D-fn- _. . a ¿amp-Im era mucho más delgado que el cartón. Éste estaba co- sido con cabuya muy fina del mismo color de las pas- tas. En la parte inferior derecha había una firma en letra cursiva, con tinta negra: AhmM/ m. Adjunto es- taba una carta escrita a mano. Ucis se centró en la lectura de la carta: Querido Ucis: Sé que esto te va a extrañar y aunque también sé que nunca fui la amiga que hubiera querido, sin embargo, he pensado mucho a quién le dejo esta en- conuenda, así que decidí dejártela, porque sé lo res- ponsable que eres y sabrás qué hacer con ella. Aunque, primero siendo mi psiquiatra y luego mi amigo, lograste conocer parte de mi vida, hubo cosas que nunca te confié, porque todos los seres humanos tenemos nuestros secretos con los que nos Vamos a la tumba. Así que te pido que leas el contenido del cua- demo y si decides echarlo a la basura lo puedes hacer o si por el contrario piensas que vale la pena conser- varlo, también estás en tu derecho. Desde el momento en que el cuaderno esté en tus manos es tuyo. Besos, Airene. P. D. Nunca olvides que te he querido mucho. Ucis dobló la carta y suspiró profundamente, miró la fotografia de Airene y recordó sus grandes ojos co- lor miel, su mirada profunda y triste y su sonrisa, esa tenue sonrisa que se le veía cuando quería eludir algo. Recordó también que Airene jamás reía, sólo lo hacía cuando actuaba en las pocas obras de comedia que protagonizó, pues su fuerte eran la tragedia y el dra-
  6. 6. 1o LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS ma, aunque consideraba que en los tres géneros se desempeñaba bien como actriz. Se levantó del sillón y colocó la fotografía en un portarretrato vacío que tenía sobre la mesa central; guardó la carta en un cajón del escritorio y volvió al sillón. Pensó en ella, en la carta, se preguntó cuál sería el contenido de ese extraño cuaderno con apariencia de pintura surrealista. Cerró los ojos, se recostó sobre el espaldar del sillón y, por fin, después de tanto tiem- po aceptó que la amaba, que la había amado desde aquella Vez queda vio protagonizar a Ofelia. Sin em- bargo, nunca se lo dijo, él le llevaba muchos años y aunque los dos estaban sumidos por el dolor que deja la soledad, nunca pensaron en compartir sus vidas. Sólo compartían esos pocos momentos que ella le ro- baba a] teatro y él a la ciencia. Momentos en los cuales cada uno quería liberarse, quería llegar a un profundo estado catártico para no ahogarse, para no consumir- se en el vacío y en el tedio. Hablando se entendían y ella llegó a confiarle casi toda su vida. Él había apren- dido a conocerla mucho, tanto, que estaba convenci- do de que ni siquiera ella misma se conocía como la conocía él. No obstante, aquella noche se equivocó, pensó que los comentarios de Airene no eran verdaderos. si realmente los hubiera escuchado, si en Vez de invitar- la a pasar esa noche en su casa él hubiera dejado un poco su egoísmo y hubiera ido a recogerla, entonces, le hubiera evitado el dolor y el pánico que la envol- vían, entonces, talvez, ella estuviera allí y él le podría hablar, le podría contar que estaba muy triste. Le po- dría confesar que la amaba. Jamal“. 11 Después de un rato, se pregunta por qué Airene no le ha contado a dónde se ha ido, por qué la amiga tampoco lo mencionó. Creo que en este cuaderno pue- da encontrar respuesta —se dice—. Abre el cuaderno para comenzar la lectura: La primera página está en blanco-
  7. 7. 12 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS La segtmda contiene una acuarela abstracta, sus colo- res son tonos rosa. Sólo en la tercera comienza el dis- curso. Está‘ escrito con tintas de distintos colores, que al comienzo Ucis pensó que Airene estaba tan distraí- da que escribía con cualquier color, pero luego se dio cuenta de que al pasar las hojas todos los colores for- maban una combinación tan perfecta y tan hermosa que olvidó la importancia del contenido y empezó a mover las hojas en forma de abanico. En la medida que hacía esto, podía ver distintas figuras geométricas y pinturas abstractas. Así que se perdió durante mu- cho tiempo en ese mundo de colores y de figuras tra- tando de poder definir algo, y aunque no lo consiguió disfrutó mucho la sensación que le produjo aquel su- ceso. Cuando salió de aquel éxtasis cerró el cuaderno, lo volvió a acariciar, miró su reloj" y dijo: Caramba, son las siete de la mañana, iré a mi gimnasia de rutina y luego regaré las plantas. Creo que este cuaderno lo dejaré para la noche; es imposible leer a Airene de día. Ella es una mujer de lo profundo, del misterio y del embrujo de la oscuridad. Dejó el cuaderno sobre la mesa y se sumió en sus actividades cotidianas. A] atardecer se fue a su acos- tumbrada caminata, pero ese día a pesar de su rigidez y disciplina, terminó su ejercicio más temprano y se Jamal“. 13 fue a su casa. Antes compró una botella de vino, un poco de pan y algunos ramos de astromelias blancas. Cuando abrió la puerta de su casa se preguntó: ¿Para qué había comprado astromelias si allí en su jar- dín había tantas flores? Pronto encontró la respuesta al recordar que esas eran las flores favoritas de Airene, tenía que embelle- cer el espacio donde se iba a encontrar con ella, enton- ces entró a la cocina, preparó la cena, cenó, se cambió de vestido y se dirigió al estudio. El estudio de Ucis es muy hennoso y romántico, siempre esta iluminado por velas de colores. En la es- quina derecha hay un escritorio color miel del siglo XVI y una silla de esa misma época. Al lado izquierdo está el sillón mágico, es un amplio sillón de terciopelo verde. Ucis considera que es mágico porque allí ha to- mado las grandes decisiones de su vida En el cenüo del salón hay una mesa de madera también color miel y sobre ella un inmenso jarrón de cristal tallado donde siempre hay claveles blancos, hasta aquella noche que son reemplazados por astromelias blancas. En otra esquina se encuentra una jardinera también en cristal tallado, con plantas acuáticas esmeradamente cuida- das, que dan una sensación de frescura al lugar. Dos delas paredes del estudio están cubiertas con muebles para libros; en la central, en vez de pared hay un enorme ventanal con vista a los jardines exteriores y a un pequeño y romántico lago. En la pared de la derecha un poco en diagonal a la posición del escrito- rio hay una pintura a la que no se le puede leer el nom-
  8. 8. 14 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS bre del pintor. Es un Quijote en óleo sobre tela, en co- lores negro y gris, al fondo se ve a Sancho con el burro y casi en penumbra se divisan los molinos de viento. Con la pintura tienen que ver todos los que visitan la casa de Ucis. Cuando han ido críticos de arte le han ofrecido grandes cantidades de dinero por ella, pero él les contesta que esa es la obra más preciada que tie- ne en su casa, no por lo que pueda costar ni tampoco por la importancia que tiene como obra, sino’ porque se la regaló Airene. A ella se la dejó su amante ”el pin- tor”. Cuando él se fue de la vida de Airene, ella quiso deshacerseíde todos los recuerdos, y para no quemar aquella pintura que le parecía extraordinaria, decidió regalársela a Ucis. Desde entonces, él la guardaba en en el cuarto de los recuerdos, pero cuando Airene des- apareció él la colocó allí en el estudio. Era una forma de recordarla o, tal vez, hasta de tenerla cerca. Se dirige a su sillón, pero antes recuerda que no se ha peinado, entonces se devuelve al baño y se mira en el espejo, se ve reflejado allí. Mira sus grandes ojos color trigo tiemo, como le decía ella, mira su cabello totalmente blanco, se peina, se acomoda nuevamente sus gafas, se arregla su camisa verde tenue, que se ha puesto debajo del saco verde pasto que ella alguna vez le tejió con tanto amor. Cierra la puerta del baño, apaga las luces y se dirige allí, a su rincón favorito. Se sienta en su sillón y siente que ya nada puede hacer. Sólo le queda llorar y llora, llora mucho y se dice para sí que daría toda su vida por volver a verla una vez más, que daría toda su vida por volver a escuchar su voz, que lo daría todo por verla actuar nuevamente o simplemente por oírla hablar sobre la importancia de sus estudiantes de teatro. Pero no, ya no hay tiempo. Áíuatfiílfl-‘J 15 Ahora a sus setenta años sólo le queda recordar a aque- lla mujer que le parecía que no era de este mundo, por su gran capacidad de dar, de amar, de perdonar y de tolerar. Recostó la cabeza sobre el espaldar del sillón y se quedó dormido, mejor, como diría Bachelard, en un üempo de ensoñación. Empezó a pensar en ella y re- cordó que la había conocido veinte años atrás. Ella era muy joven y ya era profesora de teatro en una escuela de arte dramático. Amaba a Sófocles, a Shakespeare y a Calderón de la Barca; a O’nei]l y a Miller, pero tam- bién amaba a Silva y a Cervantes. La noche en que la conoció, ella protagonizaba a Ofelia y él estaba allí como espectador de la obra. Cuando la obra terminó él la aplaudió mucho y le dijo que era maravillosa actriz. Ella le dijo que se sentía bien como actriz, pero lo que más le gustaba era ser docente de arte dramático. Sentía que era allí en el aula donde empezaba el mundo mágico no sólo del teatro, sino de la vida misma. Le dijo que cada clase compar- tida con sus estudiantes era la verdadera obra teatral, pero no del libreto, sino de la realidad. Expresó que, allí, hasta el mismo Shakespeare se quedaba pequeno, a pesar de sus obras universales. Cuando la oyo hablar se sintió extasiado por aquel amor que/ Airene dejaba ver por sus discípulos y por su profesion. Vis- lumbró en ella una profunda fuerza interior, pero tam- bién vio en sus ojos la más encarnada tristeza que antes hubiera visto él. Después de la flmción, fueron a tomar café y termi- naron de presentarse. Ella había estudiado arte dramáti-
  9. 9. 15 LUZ MARINA OTÁIDRA ARIAs co en Europa y él era psiquiatra, pero era un psiquiatra que amaba el arte y en especial la pintura y el teatro. Le dijo que tenía una mirada muy triste, ella le res- pondió que la verdad era una mujer muy triste y muy solitaria, que algunas veces había tenido que ir al psi- quiaüa e incluso tomar fármacos. El le preguntó si sa- bía la causa y ella le dijo que todo era producto de la vida que había tenido que vivir. Además, ¿quién en este mundo latinoamericano no es depresivo —dijo- frente a tantainjusticia, a tanta maldad, a tanta mise- ria? Creo quéquien no se deprime cuando ve a tantos niños en la calle con hambre y desolación, o a tantos ancianos cargar con sus arrugas marchitas por el do- lor y la desesperanza o a miles de madres con los ojos enrojecidos de mirar infinitos amaneceres y anoche- ceres esperando a sus hijos o esposos secuestrados, es porque no tiene ninguna sensibilidad. Guardó si- lencio y se vio en ella su leve y desdibujada sonrisa. Desde aquel momento, Ucis aprendió a leer la son- risa de Airene, era tan clara que en ella casi dejaba ver las palabras con las que imploraba: cambiemos de tema por favor o. .. ya no quiero hablar más de esto. Terminaron el café y Ucis se despidió, pero antes de irse le dejó una tarjeta de presentación. Un día, ella lo llamó y le pidió una cita, le dijo que quería ir nuevamente al psiquiatra, él la atendió mu- cho tiempo como profesional, pero después, cuando la amistad fue muy estrecha, él dejó de ser su médico y se dedicaron a compartir pequeñas y grandes cosas de sus vidas. Cada uno estaba pendiente de las cosas ¡‘Lama-Im 17 del otro, pero siempre respetándose los espacios. Cla- ro que Airene era más generosa con él, que él con ella. El se caracterizaba por ser un hombre egoísta e intro- vertido, pero tenía momentos en que era tierno y, a veces, aunque muy de vez en cuando, podia abrazar con calidez. Allí, en medio de su ensoñación, recordó las ma- nos de Airene, siempre estaban frías y temblorosas, algunas veces su mirada era ausente y, otras, en cam- bio, era fija y muy atenta, pero, siempre triste y soña- dora. Se perdió en un profundo laberinto de irrealidad y empezó a soñar con ella, la vio allí tan cerca de él, sintió que lo abrazó y que le besó la frente. Aquel beso fue muy cálido, pero no vislumbró en él ni una gota de amor, sólo de amistad, y de compañía. Después la vio alejarse, caminar sin tocar el suelo, vio cómo atra- vesó el patio y el lago, luego se perdió en la oscuridad. Despertó y miró su reloj, eran las doce de la noche, le pareció que había dormido una eternidad, sin embar- go, era muy temprano aún. Así que volvió a tomar el cuaderno de Airene y se dispuso a leer el contenido. _ En la tercera página hay un título escrito en color tinta rosa un poco más fuerte que la pintura abstracta de la segunda. Allí dice: PRÓLOCO Dejo esta página en blanco para que la llene quien esté capacitado de hacerle un comentario a este escri- to que aún no sé lo que es. De lo único que estoy segu- ra es que no es un diario.
  10. 10. PRIMERA PARTE Había llegado hacía muy pocos días de Europa, aho- ra era una profesional en arte dramático y no sabía qué iba a hacer. Pensó que tal vez se dedicaría a la ac- tuación, pero en este país sino se está en determina- dos círculos sociales, lograr entrar al mundo del teatro es difícil y si se piensa vivir de él, mucho más. Sabía que no pertenecía a una familia distinguida socialmente ni tampoco tenía dinero. Sus únicos bienes eran su di- ploma de profesional, una mención por haberse des- tacado como estudiante y una pequeña casa afuera de la ciudad a donde había tenido que ir a vivir porque no tenía lo suficiente para rentar un apartamento más central. Aunque su casa estaba en un lugar de clima muy frío, era un espacio muy acogedor, con una decora- ción sencilla, unas pocas pinturas, muchas flores y plantas. Alrededor tenía jardines de rosas amarillas, dalias y azucenas blancas y rojas, además una peque- ña huerta donde ella misma cultivaba flores, verduras y hortalizas. La acompañaba un gato gris con blanco y un pe- rrito negro que ella no sabía de qué raza era. Aunque los animales no eran su pasión, ella se esmeraba en cuidarlos porque los había dejado su madre antes de
  11. 11. m LUZ MARINA OTÁLORA ARIAs morir, además, porque ella cuidaba protegía todo lo que tuviera vida. Con el tiempo Abe] on y Diqui fueron sus grandes amigos y compañeros. Cerca de allí, corría un riachuelo que atravesaba un bosque donde se encontraban toda clase de orquídeas silvestres. Era un bosque muy hermoso y extraño. Sii dueño era un terrateniente de la región, que se habia hecho rico porque se había encontrado dos morracos de oro de esos que enterraban los muiscas. —Eso era lo que decía la gente—. Airene conocía ese lugar desde siempre: Cuando era pequeña e iba con su mamá a su casita de campo, ella pasaba largas horas allí acostada leyendo, pensando o simplemente mirando las orquí- e , deas. Realmente, era un hermoso lugar que siempre estaba cercado y limpio. Había dos épocas del año en que el bosque era particularmente llamativo: una era de marzo a junio. En ésta se encontraban todas las or- quídeas florecidas y hacían su ceremonia de amor con los eucaliptos, mientras las rosadas azucenas se exten- dían a lo largo y a lo ancho del bosque sirviendo de lecho espectador de aquel mágico encuentro. La otra época, era de diciembre a finales de enero, donde se percibía una inmensa sensación de tristeza y soledad. En ésta, los eucaliptos tomaban un color verde grisá- ceo, sus hojas se recogían dando la impresión de estar dormidas. Al verlos podía deducirse que estaban tris- tes por la ausencia de sus amadas. En ese tiempo no se escuchaba el canto de los pájaros, pues también ellos sentían el vacío del amor marchito. Allí y en esa época sólo se advertía el silencio y la serenidad del sueño. En una tarde de enero, después de cenar, Airene se colocó su abrigo de lana gris, que su madre le había ¿Bakio-a _ 21 tejido para los inviernos de Londres y se fue a cami- nar por el bosque. Pensó que los eucaliptos se enoja- rían por violentar su sueño, así que caminó lentamente, evitando hacer ruido para no despertarlos. Se acostó sobre el tapete de musgo verde marrón y empezó a mirar al cielo. Vio la luna y las estrellas y dijo: oh luna, bueno es saber que siempre estás ahí contemplando y alumbrando a los amantes de la sombra. Cerró los ojos para escuchar el silencio del bosque y de la noche. Algo interrumpió su descanso, prestó atención y pudo identificar. la melodía. Era la gavota de Lully. Se levantó y siguió la música, que la llevaba rumbo al arroyuelo. Allí sobre una inmensa piedra en mitad del riachuelo lo vio tocando la flauta. Ella se detuvo, se sentó sobre el helado pasto y esperó a que él termina- ra el concierto. Cuando finalizó, ella se acercó a él y se presentó, le preguntó si vivía por allí. —No, vivo muy lejos de aquí, pero vengo todas las noches a tocarle a Allia, quien no se puede dormir sin oírme —dijo—. ¿Quién es Allia? -pregImtó Airene—. Es mi amada y está ahí en el agua. ¿Desde cuándo está allí? Desde hace mucho —le respondió—. ¿Y qué le pasó? —Es una historia muy larga de contar y esta noche estoy muy triste para hacerlo, creo que será en otra ocasión. Está bien —respondió Airene—. Hasta maña- na. Espere -la detuvo tomándola por el brazo—. —¿Sí? —¿Cómo se llama usted? —Airene Del Mar —dijo ella—. ¿Y usted? Esteban Del Castillo. Bueno, Esteban, nos veremos después. No —dijo él—, nos veremos mañana. Le tomó las manos y se las besó, ella se alejó con pasos lentos y pensativa. Le pareció un encuentro extraño. Desde aquella noche se encontraron en el mismo lugar, él tocaba para Allia y ella lo escuchaba, luego se
  12. 12. zz LUZ MARINA OTÁIDRA ARIAS iban a la casa y allí junto al fuego tomaban café, habla- ban de música, de literatura o de pintura, otras Veces, no hablaban, simplemente pensaban o recordaban. Los días transcurrían y la amistad se hizo más pro- funda, en el día cada uno trabajaba en lo suyo y en las noches se encontraban en el riachuelo. Durante infini- tas noches ella fue testiga de los rituales de él para con Allia. Algunas veces llegó a sentir celos, otras, sintió envidia de saber que alguien pudiera amar tanto a otro, luego se _dio cuenta de que sentía eso porque se había enamorado de Esteban. Ese sentimiento fue recíproco y desde entonces, se convirtieron en los más trenza- dos grandes amantes que la naturaleza hubiera creado. Al comienzo todo era maravilloso, él componía o pintaba mientras ella leía o cultivaba verduras y horta- lizas. En las noches se entregaban a la poesía del amor. Airene por fin era feliz, por fin había logrado entender que la vida era algo hermoso. Ya para esa época, ella triunfaba como actriz y como docente. Le daban bue- nos contratos y esto le permitía llevar un buen nivel de vida, aunque él no ganara ni con sus composicio- nes ni con sus pinturas, no porque fueran malas, sino porque no se preocupaba por ofrecerlas. De vez en cuando, hacía una exposición, pero no vendía sus cua- dros, argumentando, cuando alguien quería comprar uno, que ya estaba vendido. De vez en cuando, daba un concierto porque generalmente estaba deprimido para hacerlo. Al comienzo todo era maravilloso, pero al cabo de algunos meses él empezó a cambiar. Ya no sólo perma- necía dos horas en el ritual de Alha, sino que cada no- Á-ïup-Lfltla-a che se quedaba más tiempo fuera. Airene se sentía muy sola, pero nunca dijo nada porque ella siempre respe- taba las vidas de los otros y pensaba que amar no era encadenar, así que dejó que Esteban llegara en las madrugadas y que al día siguiente se levantara al me- dio día. Ya no pintaba ni componía, pero a ella eso tam- poco le molestaba. Tiempo después, ya no hacían el amor con la misma intensidad. Todose había vuelto una rutina insoportable. Airene ya no se sentía ama- da, sino usada, esto le causaba mucho dolor. Ella se dedicaba a trabajar, a lavar y planchar, a limpiar la casa y a atender a Esteban cuando llegaba. La economía se volvía cada vez más estrecha porque debido a1 com- portamiento de Esteban, Airene se había empezado a deprimir y había dejado algunos contratos, así que los ingresos habían disminuido. Un día, Airene le contó que estaba embarazada y él le contestó que un hijo era de dos y que él no lo quería. Así que ella vería qué hacía, pero que si decidía tener- lo, la relación terminaría. Ella se sintió desfallecer porque no concebía lavida sin él. Así que decidió interrumpir el embarazo. El la acompañó y la cuidó mientras que ella se "recuper ”. Pasaron dos meses más y una no- che Airene le dijo a Esteban que estaba muy cansada de aquella relación tan fría. Él le contestó que ya no la quería, que se había enamorado de otra mujer, ella tra- tó de reconquistarlo, pero todo fue inútil. —Está visto que cuando se quiere reconquistar al ser amado lo menos que se puede hacer es retenerlo -pensó—. Una noche él le dijo que se iba de la vida de ella porque ya nada de lo que había en aquella casa le gus- taba, que quería hacer otras cosas. Ella le pidió, le su-
  13. 13. 24 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS plicó que no se fuera. Le imploró, pero él no la escu- chó. Cuando ella se acercó e intentó acariciarlo, él la golpeó y luego la violó, le dijo que la despreciaba y que no quería verla más. Ella no recuerda qué más pasó aquella noche. Días después, despertó en una clínica psiquiátrica y a su lado la acompañaba Gitana. —¿Qué pasó Gita- na? —Mira como no fuiste al ensayo del sábado me pre- ocupé, te llamé por teléfono, pero nadie me contestó, entonces, decidí ir hasta tu casa. La puerta estaba abier- ta y tú, allí sin sentido. Con el vestido roto, toda la casa revuelta, parecía que hubiera pasado un terremoto. —Sí, realmente pasó el terremoto del dolor -le contestó Airene—. Así que pedí una ambulancia y te traje aquí, esa noche estabas muy mal. Sí. .. y seguramente estaré muy mal por mucho tiempo o quizá toda la vida —dijo Airene—. No te preocupes que el tiempo se encarga de cicatrizar todas las heridas —le respondió Gitana—. Pero no olvides que el tiempo cura las heridas, pero las ci- catrices quedan y esas también son horribles cada vez que te las miras, porque Vuelven los pasajes de las heridas, entonces, el dolor es más fuerte porque ya no es el de la piel, sino el del alma —agregó Airene—. Airene estuvo un tiempo en esa clínica hasta que se recuperó. Allí conoció a Sofia, quien se consideraba no la diosa de la sabiduría, sino la diosa del dolor. Es- taba desde hacía varios meses debido a una fuerte depresión que había tenido por el maltrato de su ma- rido. Es un miserable —decía— que siempre me pone los cuernos y se va cuando quiere, pero yo le permito que regrese cuando lo desea nuevamente, porque Aamflalm» 25 ¡mira! si él no está conmigo, yo me muero, entonces lo que hago es encadenarme al encierro y a la soledad y al abandono de mi cuerpo y de mi espíritu hasta que mis arrugas me traen aquí donde me llenan de sedan- tes y me ponen a dormir; yo les hago caso, simple- mente duermo porque ya hasta soñar lo olvidé. Unos días antes de salir de allí conoció a la sepultu- rera. Le llamó mucho la atención porque era un per- sonaje muy extraño. Cuando la vio por primera vez no pudo definirla si era hombre o mujer Nunca per- mitía ponerse las batas blancas del hospital y, por el contrario, siempre estaba vestida de negro desde la cabeza hasta los pies. Su rostro era como si estuviera hecho de cartón. No dejaba ver ni la más mínima seña de dolor, tristeza, amargura o alegría. No parecía que estuviera viva, pues su rostro era la más grande seña de inexpresión que existiera. Un día se acercó a Airene para pedirle un cigarrillo. Ella le contestó que no tenía, entonces fue cuando la invitó a sentarse allí en el jar- dín y le contó su historia: se había criado entre los cer- dos, las yeguas y las vacas, y aunque su madre siempre la trató con frialdad y maltrato, ella luchaba por estar bien. Toda esa aparente tranquilidad acabó cuando un día ella le pidió a su madre que la enviara a la escuela, entonces fue cuando se enteró de que no era hija de aquella mujer y que por el contrario, era hija de la ”loca del pueblo”. Su existencia cambió definitivamente des- de aquel día porque cada vez era más golpeada por todos los miembros de la familia, hasta que la situa- ción la hizo huir. Fue así como a los diez años llegó a la ciudad y por casualidad se unió a una mujer que ven- día flores en el cementerio. La vendedora de flores se la Hevó a su casa y allí, empezó a ser violada por el
  14. 14. as LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS marido de ella. A los trece años ya estaba preñada de su primer hijo. Ahora a sus cuarenta era la madre de tres hijos de los cuales uno había muerto cuando aún era un bebé, el otro trabajaba con ella en el cemente- rio, pero eran grandes enemigos porque siempre se peleaban por las propinas. Su hija de veintitrés años era una mujer hermosa y dulce, que gracias a su belle- za había podido casarse con un hombre adinerado. Su hija era muy generosa, pero ella no le aceptaba nada, siempre la rechazaba y la humillaba porque a ella le dolía profundamente que un hombre la pudie- ra querer, pudiera vivir con ella sin golpearla. La odia- ba porque la veía reír, la odiaba porque la veía feliz y ella se odiaba por odiarla y el odio la consumía hasta hacerla perder la razón. Sin embargo, era el odio lo que le permitía seguir caminando, pues al fin y al cabo ese había sido el único escenario de su vida. Airene no hacía comentarios al respecto, porque creía que no tenía autoridad moral para eso, sólo la- escuchaba y pensaba en aquella mujer, pensaba en Sofía y pensaba en ella. Suspiró y comprendió que, definitivamente, en el mundo había muchas Sofías, muchas sepultureras y muchas Airenes que necesita- ban de la varita mágica del amor a ellas mismas para huir del dolor y la desesperanza. A pesar de la ausencia de Esteban, ella seguía yen- do al bosque. Después de varios meses de él haberse ido, Airene volvió a escuchar la melodía, y pensó que él había vuelto, entonces se acercó al arroyuelo y allí sobre la piedra donde se sentaba Esteban a tocar, esta- ba ese extraño cuademo. Ella lo tomó, lo ojeó y le im- Áágpflíme ¡7 presionó la forma como estaba escrito. Empezó a pasar las hojas y vio cómo se iban formando distintas figu- ras abstractas. Sinüó un extraño placer al hacer aquel ejercicio, luego cerró el cuaderno y lo llevó hasta el cen- tro del bosque. Allí y a la luz de la luna empezó a leer, Se asombró al ver que había una carta dirigida a ella. Apreciada Airene: Quiero empezar dándote las gracias por haber acompañado a Esteban durante tanto tiempo a su ri- tual nocturno. Sé que muchas veces me envidiaste por- que no concebías que alguien pudiera amar tanto a otro. Sin embargo, creo que hoy piensas distinto. Sé que ahora sufres mucho la ausencia de Esteban y es por eso que quiero dejarte este cuaderno para que ha- gas con él lo que creas necesario. Cuando termines de leerlo verás que sólo es la historia repetida de todas las mujeres que más hemos amado a Esteban, pues yo encontré este cuaderno entre los escombros de una pequeña casa de campo que había sufrido un horrible incendio. Sólo aquella noche cuando Esteban llegó por mí y me pidió que lo acompañara, porque estaba muy asus- tado, supe que durante nuestros años de amor apa- sionado siempre había existido otra mujer y aquella noche no sabía a quién había amado más si a ella o a mí. Te juro que actué de una forma egoísta, pues cuando llegamos al siniestro y encontré entre los escombros una pintura de Diana hecha por Esteban, se me en- cendieron los celos. No concebía cómo había podido amar a alguien que no fuera yo y, además, me llenaba de rabia saber que mientras hacía el amor conmigo pen-
  15. 15. za LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS saba o se imaginaba el cuerpo de otra. Aquella noche no sentí la muerte de Diana, al contrario me invadió un horrible sentimiento de felicidad, pues sabía que a partir de entonces no iba a tener una rival. No alcance a ver a Diana, ya que cuando llegamos se habían llevado el cuerpo. Sus amigos le habían avi- sado a Esteban, pues todos estaban convencidos de que ella era la esposa, así que cuando lo vieron conmi- go todo el mundo se extrañó mucho. Yo no quise acompañarloial funeral y días después cuando volvió con la intención de que habláramos le dije que lo ama- ba mucho, pero que no quería continuar más con aquel mundo de mentiras y de engaños. El se disculpó di- ciendo que era Diana quien lo perseguía y que ade- más ella estaba muy enferma, que por esa razón no había podido dejarla, pero que era a mí a quien ama- ba. Por su forma tan convincente como hablaba yo decidí aceptarlo nuevamente y nos volvimos a hundir ' en las notas del amor. Lógicamente, esto duró muy poco porque al corto tiempo por esas extrañas coinci- dencias de la Vida me encontré, en la galería de arte, donde exponía mi obra, con una mujer que decía ha- ber sido la mejor amiga de Diana. La vi cuando miraba con detenimiento mi pintura ”Fuego de Amantes”, entonces le pregunté si le gusta- ba y ella me respondió que sí, que era muy hermosa, pero que desafortunadamente le recordaba con mu- cha fuerza la trágica muerte de su amiga. Volteó su cara hacia mí y pude ver retratado el dolor. Entonces, le proporcione un pañuelo para que se limpiara las lágri- mas. Como estaba tan mal, la invité a tomar un café y fue allí cuando me narró la historia que yo desconocía. fíánawfiíla-a 29 Diana era una arquitecta muy joven y con muchas ex- pectativas sobre el amor, creía enla familia tradicional, en tener hijos y poderlos formar dentro de los valores de la cultura católica. Una vez habían ido a un concier- to de guitarra clásica y allí había conocido a Esteban. Desde ese momento ella quedó impactada por la cor- dialidad de aquel hombre. El nos invitó a tomar una copa de vino, luego me llevó a mi casa y dijo que iría a dejarla a ella después. Al día siguiente cuando nos en- contramos con Diana en el trabajo me confesó que ha- bía encontrado al hombre de su vida, que con él se casaría y sería muy feliz. Ella siempre se sintió muy orgullosa de haberse entregado por primera vez a Es- teban, me juró que a pesar de los modernismos ella no era mujer de amantes y que sólo sería suya. A mí me pareció una decisión muy apresurada, pero respeté la vida de mi amiga —me dijo con voz quebrada y entre el llanto del dolor—. Pasaron tres meses en los que no pude visitar a Dia- na, pues Esteban la absorbía todo el tiempo, sólo ha- blábamos por teléfono 0 en los ratos que coincidíamos en la oficina. Su tema siempre era el mismo: Esteban, el amor de Esteban, la inteligencia de Esteban, las no- ches con Esteban. Decía que nunca se había imagina- do que el amor fuera tan maravilloso, tan capaz de hacer cambiar el mundo, que tener un hombre como Esteban era mejor que tener a Dios. No te imaginas Mariana —me decía— lo que es tener en la cama a un hombre como él. Sentir su piel, sus labios, gozar la se- guridad de sus abrazos y luego cuando te posee, cuan- do lo sientes dentro, realmente, Mariana, realmente tocas el cielo. Sientes que todo tu cuerpo se prende, que toda tu alma vibra, que los problemas y las triste-
  16. 16. 30 LUZ MARINA OTÁIDRA ARIAS zas de la vida desaparecen, es sentir que se quiere con- tinuar en la vida durante mil años, es querer detener el tiempo para no terminar. Claro, eso debe ser así por- que de allí, de ese acto tan hermoso, de ese momento fugaz, pero profundo, puede surgir una nueva vida y si no surge, estás renovando la tuya, estás volviendo a vivir esa vida que en instantes de vacío o de angustia existencial, como dirían los seguidores de Sartre y de Camus, la has matado. Yo la detenía para decirle que también yo estaba enamorada y que también tenía una pareja extraordinaria, pero ella me cortaba para subra- yar que no Había en el mundo otro hombre ni otro amante como el suyo. A veces me parecía que Diana estaba enferma, que Esteban la había enloquecido. Cla- ro que ella era muy joven y, además, tenía una perso- nalidad dependiente, pero de todas maneras me parecía que el amor por aquel hombre dejaba de ser amor para convertirse en obsesión. Mientras escuchaba a Mariana pensaba que no era solamente Diana quien pensaba así, que también yo sentía igual, que también yo amaba a aquel hombre como loca, que también yo sentía que me moría si me dejaba. Nos quedamos un rato en silencio y le pre- gunte a Mariana qué había pasado con Diana. Un día, -me dijo- la encontré llorando desconsoladamente, le pregunté que le pasaba y me dijo que Esteban había cambiado, que ya no era el mismo amante y que casi no la visitaba. Después de que nos veíamos todas las noches ya sólo viene dos veces por semana. Lo extra- ño mucho y, además, me siento terriblemente sola. Es porque has vuelto tu vida dependiente de la de el —le dije—. Mira, uno no puede depender de la vida de un hombre. Tú le has dado todo; le has ofrecido techo, finïw-tflllnaa 31 amor, comida, compañía, fidelidad y diálogo, ¿que más te puede pedir? No lo se -me contestó—. No se como podre retenerlo. ¿Sabes? , a veces he pensado en que- dar embarazada. Tal vez así lo obligaría a estar conrrIi- go. No hagas eso, Diana —le dije—. En esta época de la historia cuando un hombre no ama a una mujer, los hijos no lo unen a ella, sino que por el contrario lo ale- jan, además, un niño no es un objeto de manipula- ción, es una persona que merece mucho respeto. Lloró con mucho dolor y me dijo que haría hasta lo imposi- ble por retenerlo. Cada día la veía más pálida y deprimida. Una vez pidió una licencia, yo le pregunte si quería irse de va- caciones y me dijo que no, pero que como Esteban trabajaba muy poco de día ella iba a tratar de estar más tiempo con el. Esto aparentemente sirvió porque Dia- na se convirtió en la dama de compañía y en la em- pleada durante el día, así que Esteban tomó la actitud de amante rico y se desentendió por completo del tra- bajo. A Diana eso no le importaba porque lo único que quería era estar con el. Así que empezó a vivir una com- pleta luna de miel, en el día, porque en la noche se iba. Ella le pedía que se quedara, pero el le contestaba que no podía dormir en una cama extraña, además, que le encantaba Conservar su propio espacio. En aquel tiempo la vi mejor, pero cuando faltaban ocho días para terminar la licencia, un día me llamó desesperada y me contó que Esteban tenía otra mujer. Le dije que todo sería producto de sus celos y me res- pondió que no, que la noche anterior despues de que el se había ido, ella había decidido irse al cine y de pron- to desde su carro había visto a Esteban caminar por la
  17. 17. 32 LUZ MARWA OTÁDORA ARIAS calle con una mujer; le comenté que podría ser una amiga y me dijo que con las amigas no se camina de la mano. Le recomendé que hablara con él, pero que si eso era cierto no le diera mucha trascendencia porque ella iba a sufrir mucho. También le pregtmté si aquella mujer era hennosa y me dijo que no, que un poco más joven que nosotras, pero que tenía ojos de diablo, boca de bruja y cuerpo de. .. bueno, tú ya sabes de qué. Ima- giné en su rostro los celos y el dolor. Yo sufría porque sabía de la sensibilidad de mi amiga y sabía cuánto estaba sufriendo. Desde aquel día Diana estaba cada vez más triste. Una tarde me pidió que habláramos después del tra- bajo. Esa noche me llamó y me contó que acababa de verse con Esteban y habían terminado la relación. El le confesó que hacía mucho tiempo tenía relación con una pintora y que había decidido irse a vivir con ella. Le respondí que esa era la decisión de él y que ella no podía hacer nada frente a los sentimientos de otro. Así . que lo mejor era que se olvidara de ese amor que nada bueno le había traído. Al día siguiente yo tenía que viajar, cuando volví, Diana estaba consumida por la depresión, le aconsejé que pidiera una licencia y se fuera de vacaciones por algún tiempo, pues en esos casos el mejor amigo era el tiempo. Ella aceptó pedir la licencia, pero no se fue de viaje, al contrario, se ence- rró en su casa y me pidió que no la visitara porque quería estar sola. Yo no la volví a llamar porque me pareció que era importante que estuviera sola para que pudiera encontrarse con ella misma. El viemes siguien- te me avisaron en la empresa que su casa se había in- cendiado. Cuando fui ya no había nada que hacer, no la pude ver y sólo rescaté algunas fotografías que ha- Jiu-tala. » 33 bía en el cuarto de cosas viejas. Llamé a Esteban para contarle, pero no lo vi cuando él fue. Sólo nos encon- tramos en el funeral. Tenía ganas de pegarle, quise gri- tarle que él era el culpable de la muerte de mi amiga, quise decirle que era un miserable, pero luego pensé que con eso ya no la devolvería a esta vida, así que callé, le envié una mirada de reproche y me fui. ¿Sabes cómo ocurrió lo del incendio? —le pregun- té-. No. La policía está averiguando —me dije—. Siento mucho todo lo ocurrido Mariana, la vida frus- trada de Diana, el dolor de su familia y el tuyo. Creo que es honesto contarte que yo soy esa pintora aman- te de Esteban. Me llamo AHia —le dije—, pero no sabía que ella lo amara tanto. El me decía que Diana lo mani- pulaba con su enfermedad y que era muy dura. Ade- más, que era una egoísta dominante y maltratadora, que él no la quería, pero que no era capaz de dejarla porque ella se ponía muy mal y a él el dolor de los otros lo destrozaba. Así que al yo conocer las caracte- rísticas de aquella mujer, empecé a odiarla y no me importó para nada respetarla ni dejarle el camino li- bre. Si yo hubiera sabido que era una mujer con tanta sensibilidad y que lo amaba, claro que lo único que he debido tener en cuenta es que era una mujer como yo, jamás me hubiera involucrado con él. Pobrecita, cómo sufrió —le dije. Lloré amargamente, y le pedí perdón, me retiré a 1a galería y esperé que la exposición termi- nara. En la noche me fui a casa y no contesté al teléfono, me dediqué a escribir lo narrado por Mariana y luego me entregué de lleno a la pintura. Los días sin Este-
  18. 18. 34 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS ban eran desoladores. Con el tiempo me era imposible concentrarme en la pintura. Así que tuve que dedicar- me al ocio. Pensaba por qué nos había mentido a las dos, por qué era capaz de causar tanto dolor y no ob- tuve respuesta. Esa noche lo llamé y le pedí que nos viéramos. Él acudió a mi cita y se aguantó todos mis reproches, me pidió perdón y me dijo que me amaba, que nunca había amado antes de esa forma como me amaba a mí. Ya no le creí, ya no podía creerle porque habían sido muchas las mentiras. No le dije nada y me entregué a él como nunca antes, cenamos y como en nuestras méjores épocas fuimos los inagotables aman- tes aquella noche. Al amanecer, antes de partir me dijo que al día siguiente me visitaría de nuevo, le contesté que estaba bien. Al despedirse le di "un. beso eterno y n me dijo hasta pronto mi amor. Yo le tome las manos y lo miré a los ojos. Le respondí en silencio: no habrá un hasta pronto mi amor. Se fue. Pasé todo el día sin saber qué hacer. Intenté pintar, pero no pude, sentí que ahora con su ausencia no me sería posible una nueva inspi- ración. Así que me fui a mi cuarto de pinturas y envol- ví los cuadros que tenía allí, me acosté y dormí profundamente, cuando desperté eran las diez de la noche, el teléfono sonó varias veces y no contesté. Sa- bía que era él, pero no quería verlo, entonces, me abri- gué y me fui en mi carro. Cuando había salido de la ciudad a unos cuantos kilómetros vi en medio de la oscuridad un bosque; me detuve en ese lugar y cami- né sintiendo la lluvia y el frío de la noche, luego me acerqué a una quebrada que pasaba por allí y sin pen- sar nada me mtroduje en ella. Caminé por entre las heladas aguas y luego me senté en ellas. Recordé nue- vamente a Esteban, recordé mi amor por él y lloré. Pen- sé en mi familia y comprendí lo importante que había Áíuaiflíma sido para mí. Sin embargo, me sentía sin fuerzas, ya no tenía ánimo ni siquiera para levantarme de allí. La lluvia aumentaba y de pronto no sentí gotas, sino una gran tormenta encima de mí. Intenté ponerme de pie, pero mis piernas no me respondieron, tampoco res- pondió mi corazón. Todo estaba congelado. Cuando desperté me encontré en un lugar extra- ño, era una especie de castillo rodeado de jardines y con muchas habitaciones. Estaba vestida de blanco, pero la bata que me cubría era de una seda muy fina y fresca, además, era curiosa porque no tenía costuras por ninguna parte. Me acerqué a la ventana y desde allí contemplé el lugar. Era muy bello, muy limpio y aunque no veía a nadie por ahí era muy acogedor, no se sentía la soledad. Traté de pensar qué hacía en ese sitio tan enigmático, pero no me acordaba de nada, de pronto recordé a Esteban, recordé nuestra última no- che y recordé también que me dijo que me llamaría pronto. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que no había teléfono, entonces me volví a sentar sobre la cama y tomé un libro que había sobre la mesa de noche; era La Divina Comedia de Dante Alighieri. Me sentí feliz porque tenía entre mis manos algo conocido. Me dis- ponía a leer su primera página cuando oí golpes en la puerta y una voz: —¿Puedo pasar? —Sí, claro. Siga —respondí—. ¿Sabes en dónde estás? -No—. Estás en el castillo de cristal —me dijo—. ¿Y qué hago yo aquí? —le pregun- té—. Te quedaste dormida en la quebrada y nosotros te trajimos aquí. ¿Y quiénes son ustedes? Somos tus com- pañeros de trabajo. Dentro de poco te llevaré al taller y te presentaré a los demás. La verdad yo quisiera re-
  19. 19. 36 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS gresar a mi casa -le dije—. Tu casa es ésta de ahora en adelante. Aquí no sentirás el dolor por el amor frustra- do. Desde ahora tienes la misión de orientar a pinto- res jóvenes para que puedan alegrar la vida de aquellos que se deleitan con el arte. Ese comentario me hizo muy feliz. La mujer que me acompañaba me dijo que era hora de trabajar, así que me llevó al taller y me dieron todo lo necesario para que pintara. Empecé a hacerlo con muy buen ánimo. Allí conocí a grandes pintores de la época, nos hicimos amigos y pasábamos el tiem- po muy agradable. Un día hice mi primera exposición de cincuenta cuadros, todos mis/ maestros me aplau- dieron y me dieron un premio. Este consistía en que yo podía ser la guía de los pintores jóvenes. Así que me dieron cinco chicos y cinco chicas. Entre todos los guías jugábamos a ser el mejor para que nuestros alum- nos se convirtieran en grandes maestros de la pintura. El trabajo me divertía y la relación con mis compañe- ros era excelente, además, teníamos mucha libertad de hacer lo que quisiéramos en nuestro tiempo libre. Como yo había Hegado hacía poco y no conocía el lu- gar, me dediqué a recorrerlo. Realmente, era hermoso. Nunca había visto jardines tan lindos, excepto en los sueños que tenía cuando amaba a Esteban y cuando él me amaba, digo cuando lo amaba porque ya no es así. Aquí he encontrado el verdadero amor de mi vida. Es también pintor y yo lo admiraba mucho desde que era una jovencita, nunca pensé tenerlo cerca de mí. Muchas veces leí su vida y estudié sus técnicas, fui a las exposiciones que hacían de su obra. Para mí fue mi gran maestro. áSabesí’, la vida siempre nos da lo que realmente amamos y a lo que le somos fieles, Yo sin saberlo siempre le fui fiel no a él como hombre, pero sí a él como pintor y como ser humano. Ay. .. Airene, si Ávïuv-tfllíma 37 supieras cuánta sensibilidad posee, si supieras cómo sabe acompañarme y cómo desde su mundo espiri- tual se ha convertido en parte de mí, sin irrumpir mi libertad. Nos entendemos y sabemos que compartire- mos toda nuestra vida. Es apuesto, apasionado, inteli- gente y sincero. Bueno, tiene todas las características de la perfección. Espero que algún día yo pueda ser tan perfecta como él, porque aún guardo dentro de mí el rencor y el deseo de venganza, pero estos sentimien- tos se deben borrar aquí, claro que no deberían existir en ninguna parte porque hacen mucho daño, aunque no tanto al otro como a los que los experimentamos. Sin embargo, nosotros nos contentamos diciendo que esa parte es humana y que en nosotros hay tanto de bondad como de maldad. La verdad es que si los se- res humanos fuéramos realmente inteligentes, no gas- taríamos el tiempo en sentimientos bajos. No sabes cuánto dejamos de gozar la vida mientras estamos en esas situaciones tan absurdas. Bueno, Airene, te dejo. Espero que puedas romper los lazos que te unen a Esteban. Él es un ser bello, pero no es para ti como no fue para mí, sólo fuiste una más de la larga lista de mujeres cuyas historias puedes leer en este cuaderno. Olvídalo y dedícate a alguien que sea capaz de darte amor sincero. La verdad es que no sé si lo encuentres allí donde estás, lo que sí te puedo decir es que cuando vengas al castillo de cristal lo en- contrarás. Por ahí entre los grandes escritores debe estar tu alma gemela. se me olvidaba decirte que cuando vengas no nos vamos a ver porque este castillo de cristal está di- vidido en jardines, así que tú irás al jardín de los escri-
  20. 20. 38 LUZ MARINA OTALORA ARIAS tores, de los actores o de los pedagogos, todo depen- de de cuál sea tu verdadera pasión. Si aún no lo sabes, cuando llegues aquí los guías te ayudarán a ubicar claro, también depende de lo bien que te hayas porta- do y de lo honesta que hayas sido con tu profesión, porque si fallaste no tienes derecho de venir al castillo de cristal, así que simplemente desaparecerás. Es tan simple como que si no te preocupaste por trascender, pues sencillamente no trasciendes, sólo te desapare- ces, bueno en una forma relativa porque todos tus ele- mentosquímicos se transformarán en otros, pero esa es una forma de permanecer, pero de una manera muy elemental. Sin embargo, no te preocupes, pues por lo que he podido saber de ti, estoy convencida de que serás una próxima habitante de alguno de nuestros jardines. Eres buena, sincera y consagrada a lo tuyo. Sigue así y no te arrepentiras. No olvides recrearte y crecer con Cervantes, Víctor Hugo y Dostoievski; ellos permiten la reflexión y el conocimiento del mundo, pero ante todo recuerda siempre estudiar a los grandes fi- lósofos, no en vano llevan este nombre. Cuídate y cultiva el amor Con aprecio, Allia. Airene sintió el frío de la noche, se estremeció y se levantó de allí. Mientras atravesaba el camino para re- tornar a su casa lloró profundamente, sin saber por qué. Tal vez lloraba por el abandono de Esteban o qui- zá por la muerte de su hijo. Se sintió profundamente sola y abatida por todo lo acontecido. Abrazó el cua- flhu-¿Dvloa 39 demo contra su corazón y con pasos lentos regresó a su casa. Calentó un poco de leche y alimentó a Abejón y a Diqui. Ella bebió una taza y así vestida como estaba se acostó junto a la chimenea donde tantas veces se había amado con Esteban. Volvió a recordar sus ojos, su boca, su cuerpo, sus noches de amor. Sintió que no podría seguir sin él. Sintió morir. En medio de un esta- do de ensoñación volvió el dolor del vacío que se sien- te en el estómago, es como si fueras un muñeco de aserrín y te lo hubieran sacado todo. Al fin se durmió. A la mañana siguiente, organizó su casa, regó las plantas y sembró algunas hortalizas, se bañó, se ma- quilló y se miró al espejo. Hacía mucho tiempo que no se miraba de verdad, miró sus ojos, los desnudó y se dio cuenta de que había pasado mucho tiempo, que ya no era una jovencita, miró su frente y vio sus arru- gas, luego desnudó su cabello y también notó que ya no era totalmente marrón, sino que unos cuantos ca- bellos blancos la bordeaban. Suspiró y dijo —para sí—: por estos años que tengo es mi obligación seguir, como le corresponde a toda mujer madura, a toda mujer a la que la vida no le haya ganado, a toda mujer que sea de verdad una mujer. Recorrió su casa, pasó las ma- nos por sus libros y sus pinturas. Se sentó allí en la cocina, junto al fuego y pensó que la vida para vivirla era muy corta, pero para sufrirla era muy larga. Deci- dió huir para poder continuar. Pensó ¿a dónde? —Lo mejor será regresar. Allá estaré lejos de Esteban, aun- que no lejos de su recuerdo ni tampoco lejos del dolor que dejó su ausencia. En la tarde, después de haber dejado organizado lo relacionado con su casa y con su trabaio llamó a Gi- _yyyy yy
  21. 21. 4o LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS tana para dejarle una encomienda a sus amigos. Escri- bió una nota a sus hermanas en la que simplemente se despedía. No dio ninguna explicación, sólo se mar- chó sin decir a dónde. Ucis cerró el cuaderno, le pareció un escrito loco. No entendió nada. Pero lo que más le dolió es que allí tampoco había encontrado lo que buscaba. Nunca sa- bría a dónde se habría ido Airene ni qué habría sido de ella. Se durmió. í SEGUNDA PARTE Era invierno y en el cuarto se oía el "Movimiento afec- tuoso del concierto en re mayor de Brandeburgo” de Bach. El timbre de la puerta la despertó, se levantó, se puso su bata blanca y se dirigió al espejo, se peinó y desde allí gritó que en un momento abriría. Se lavó los dientes, las manos y la cara. Fue hacia la puerta y allí frente a ella estaba Beatriz. Le llevaba un ramo de tuli- panes amarillos. Vme a decirte que hoy debes estar maravillosa, pues es el gran estreno. Sí, lo sé —le res- pondió sin mucho ánimo—. ¿Qué te pasa? Han pasado tantos años desde tu regreso y tú sigues sin alegrarte la vida. Si yo tuviera el éxito que tienes tú, sería la mu- jer más feliz del mundo. ¿Qué más quieres si tienes dinero, amigos, salud, juventud e inteligencia? Ade- más, eres la maestra más cotizada de una de las mejo- res universidades de esta ciudad y la actriz de teatro más aclamada. ¿Vas a seguir con la tristeza sembrada toda tu vida? -djo Beatriz—. No, Beatriz, ya no hay tiem- po para la tristeza, hoy es un renacer, hoy comienza una nueva temporada internacional. Actuaré un mes aquí y luego me iré a recorrer el mundo con el grupo. ¿Sabes que iremos a mi país? Sí, sé que estarás allá du- rante varios meses. ¿Crees que podrás resistir el en- cuentro con tus fantasmas? —le preguntó Beatriz—. No sé; ha pasado demasiado tiempo, pero aquí dentro de mí todo es tan reciente que no sé si lo soportaré. De
  22. 22. 42 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS todas maneras, una vez me juré continuar y así lo he hecho. Creo que no he defraudado al mundo, dentro del camino que escogí. Le he brindado lo mejor que tengo. Tú lo sabes. ¿Aún amas a Esteban? Claro —le respondió Airene—. Sabes que soy mujer de sentimien- tos fuertes y ese fue y será el amor de mi vida. ¿Pien- sas buscarlo? No —respondió con voz fuerte y segura—, lo que se va de mi vida, se va para siempre. Con mis años lo que más he fortalecido es mi dig-nidad. ¿Y a Ucis tampoco lo verás? —le preguntó Beatriz—. Airene cerró los ojos y las lágrimas rodaron hasta confundir- se con el té que bebía. Ucis -dijo- no sé si aún vivirá. Nunca supe nada de él como tampoco de Gitana. No sé si recibió mi encomienda. ¿Cuál encomienda? —le gïegimtó Beatriz—. Una carta en la que me despedía — jo—. Oye, ¿quién me envió esos tulipanes? Estos no, las centenares de flores que hay en tu camerino, muchos admiradores tuyos te han enviado flores. Además, tu nombre está en todos los periódicos, emisoras y en to- das las carteleras del teatro. Qué bueno saber que la gente quiere tanto a las mujeres que personifico, aun- que no me quiera a mí. Sí —dijo Beatriz—, de pronto lo malo de este trabajo es que los actores terminamos per- diendo nuestra identidad. Tú eres Ofelia, Antígona, Yocasta, Gertrudis, Juana de Arco, María Antonieta, Dulcinea y hasta la misma Santa Teresa, pero nadie se acuerda que eres Airene del Mar. Bueno -conünuó—. Por lo menos a ti te ven, pero a mí ni eso. Los libretistas pasamos desapercibidos, el público tiene en cuenta a los dramaturgos, novelistas o poetas, pero no a los libretistas. Les parece que es un trabajo secundario. Yo no lo pienso así —le dijo Airenea Creo que tu trabajo es fliwaflolna» valioso y ya está siendo reconocido. Bueno, por lo me- nos está mejor que hace diez años. Sí —dijo Beatriz—, pero aún no es suficiente. Es posible —respondió Airene—. Oye, se nos han pasado dos horas aquí hablando y tú tienes mucho por hacer. Te dejo para que te dedi- ques a consentirte y estés muy linda para la inaugura- ción de esta noche. A los cuarenta y cinco años ya ni nos consentimos ni estamos bellas, simplemente esta- mos. De todas maneras esta noche el público me verá como siempre. ¡Como la mejor! Así lo espero —dijo Beatriz—. Nos vemos en la no- che. Llévate el carro para que cargues el mundo de flores que tienes allá esperándote. Adiós. Adiós. Aquella noche Airene fue la mejor, su actuación pa- recía de despedida y no de inauguración por su per- fección. Como nunca fue aplaudida y reconocida. Durante todo el tiempo de actuación se mantuvo en la misma tónica. Sólo salía del éxtasis cuando regresaba a su casa, pasada la media noche. Allí, después de pren- der la chimenea, se sentaba en una silla de su salita de estar y fumaba un cigarrillo, tomaba una taza de té o de café y pensaba en ella, pensaba en su pasado y se preguntaba cuál sería su futuro. Ahora tenía miedo, un miedo que había guardado muy dentro de ella durante sus últimos quince años. Se preguntaba qué iba a hacer cuando tuviera que vol- ver a su ciudad, qué pasaría con todo aquel mundo del que huyó para no morir de rabia y de tristeza. Sus- piró y pensó que no tenía respuesta. Que ahora tam- bién tenía que esperar a que fuera el tiempo y las circunstancias los que decidieran por ella.
  23. 23. 44 LUZ MARINA OTÁDORA ARIAS En la noche de fin de temporada tomó un vaso de vino con sus compañeros de trabajo. El director de la obra volvió a felicitarla y le dijo que ojalá el éxito que habían tenido allí, lo tuvieran también en Latino- américa. Comunicó la partida el próximo sábado. Durante esa semana Airene estuvo inquieta, casi no salió de su casa y se dedicó a recordar y a soñar. No tenía fuerzas para hacer planes, tampoco le avisó a su familia que regresaría. Sólo esperó a que llegara ese día tan esperado y tan temido a la vez. Viajaron a las seis de la mañana y el director les dijo . que la temporada comenzaría dos semanas después, consideraba que era bueno que se tomaran un des- canso y se oxigenaran. Así que Airene pensó que apro- vecharía ese tiempo para estar con su familia. Cuando el avión aterrizó, ella se sintió desfallecer y soltó el llanto contenido durante tanto tiempo. Beatriz la consoló y la acompañó allí en silencio. Cuando des- cendieron del avión Airene le dijo al director que ella no iría al hotel, sino que durante toda la temporada se iría a su casa. Así que tomó un taxi y se fue allí a su casita de campo. Todo estaba igual, parecía que el tiem- po no hubiera transcurrido. La única que había enve- jecido era ella, bueno su perro y su gato tampoco estaban. María la cuidandera le dijo que habían muer- to al poco tiempo que ella se había marchado. Salió a recorrer su huerta y sus jardines de rosas y dalias. Su mundo estaba muy lindo, los pastos verdes y la casa recién pintada. Parecía como si alguien la es- fl-‘Aflvaíann 45 tuviera esperando. Airene le agradeció a María el cui- dado que había tenido con sus cosas. No fue por vo- luntad propia, lo que hicimos mi marido y yo, señora. Lo que pasa es que vino don Esteban y nos pagó un sueldo muy bueno para que cuidáramos su casa. El nos dijo que usted algún día regresaría. Además, hace cinco años le trajo un caballo. El nos dijo que era el dia de su cumpleaños y que ese era su regalo. El caballo está allá en el potrero. Cuando usted quiera puede ir a verlo. Está bien, María, luego iré —dijo Airene—. ¿Cuán- do fue la última vez que vino Esteban? —preguntó—. Hace cinco años cuando trajo el caballo, pero desde esa época él nos consigna el sueldo en una cuenta. A veces, nos enviaba cartas diciendo que pronto ven- dría a ver al cabaHo, pero mi marido y yo nos hemos quedado esperándolo y él jamás regresó. ¿Cómo se llama el caballo? —preguntó—. Don Esteban dijo que usted le pondría el nombre, que sería un acontecimiento el bautismo del caballo. Mi marido le dijo que mientras usted venía había que ponerle un nombre para poderlo llamar de algún modo, entonces él dijo que se llamaría Marrón mien- tras tanto. Así que por ahora se llama así. Marrón —repitió ella en voz baja—. Era su color favorito y a mí me encantaba que pronunciara esa palabra: Marrón. En la noche salió a caminar y fue a conocer a Ma- rrón. Desde el primer día se hicieron buenos amigos, parecía que Marrón supiera cuánto amaba ella a los animales de su especie. Ella lo montó y pensó que no había olvidado ese deporte que le encantaba, aunque casi nunca lo pudo practicar. Se dirigieron al bosque y mientras Marrón comía un poco de pasto del camino,
  24. 24. 45 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS ella se fue hasta el arroyuelo y allí se recostó junto a un eucalipto. Pensó en Esteban y lloró. Recordó que a los pocos días de vivir juntos él le preguntó qué le gusta- ría tener para ser feliz y ella le dijo que al tenerlo a él, ya lo tenía todo y ya era feliz, pero que dentro de lo secundario le encantaría tener un caballo. Pero un ca- ballo muy fino. Él le dijo que algún día cuando tuviera dinero le iba a regalar ese caballo que ella soñaba. En- tonces, ella lo abrazó y le pidió que se lo regalara cuan- do cumpliera cuarenta años. Es un compromiso, mi amor —le dijo Esteban, abrazándola ybesándola—. Cum- plió —musit'ó—. Es el ser más impredecible que conoz- co. Nunca se sabe con qué te va a sorprender. Nunca se sabe cuándo miente, cuándo dice la verdad, cuán- . do cumple lo que promete, cuándo olvida, cuándo odia o cuándo abandona. Nunca se sabe nada, pero lo que sí sé es que lo sigo amando como hace más de quince años. Dónde estará, cómo estará, seguramente más guapo que antes, seguramente más apasionado que antes y seguramente más lejos de mí que antes. Suspiró y se levantó de allí. Tomó a Marrón de cabes- tro y se dirigió a su casa. Durmió toda la noche con tanta felicidad como ha- cía muchos años no lo hacía. Era la felicidad de no ser una extranjera. Era la felicidad de estar en casa con su mundo, con su gente. Era volver a ser ella misma, era regresar a su identidad. ' Aprovechó los días que tenía de receso para con- templar y disfrutar su casa y sus cosas. Pasaba mu- chas horas montando a Marrón. Cada vez que lo contemplaba le parecía más hermoso. Era elegante y A91059014» tierno, seguro, impetuoso y muy dulce. Era un her- moso ejemplar color dorado oscuro, no propiamente marrón, con algunas pintas blancas en la espalda, el pecho, las patas y la cola. Era juguetón y proporciona- ba mucha compañía. Airene le mandó construir una linda caballeriza y le regaló una compañera, también color dorado, pero sin pintas blancas. Le puso como nombre Katira. Airene esperaba que pronto tuvieran muchos potricos y, entonces, ella se encargar-ía de cui- darlos. Desafortunadamente, con el primer parto mu- rieron Katira y su hijito. Marrón se quedó solo y Airene nunca más le volvió a llevar una compañera. A los pocos días la temporada teatral se reanudó y Airene como siempre se destacó. Participó con mucho profesionalismo y muchísimo compromiso. Sabía que ahora era la mejor. Sabía que aunque no tenía veinti- cinco años menos para irradiar la belleza que da la ju- ventud, tenía veinticinco años más para proyectar la experiencia y la sabiduría que da la madurez. En un día de descanso, Airene recordó a Ucis. Con las emociones de los últimos días no había tenido tiem- po de preocuparse por aquel hombre al que ella había apreciado y admirado tanto. Esa tarde se vistió de co- lores fuertes, se dejó el cabello suelto y se maquilló un poco. Decidió visitar a ese hombre enigmático, pero interesante. Fue al apartamento que ella conocía, pero le informaron que desde hacía muchos años él no vi- vía allí y que tampoco había dejado datos de su nueva residencia. Regresó muy abatida a su casa y pensó cómo encontrarlo. Lo llamó a casa de su madre, pero le dijeron que no sabían de él, que desde la muerte de doña Teresa, Ucis había vendido la casa. Entonces, bus-
  25. 25. 4B LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS có en su agenda de recuerdos y encontró el número de teléfono del consultorio. Ahora era una moderna y elegante clínica donde tampoco sabían nada de él. El tiempo es duro y cruel —dijo—, no todo lo cura, pero sí todo lo acaba. No puedo imaginar que un hombre tan profesional y tan inteligente como él esté perdido, ¿cómo es posible que nadie sepa de su existencia? Pa- rece que no hubiera trascendido para la sociedad. Bue- no, realmente eso de la trascendencia también es una mentira, o una nada como todo en la vida. Alguien decía que las buenas obras quedan. ¿Pero en quién? Tal vez en quien las recibió, pero‘ ¿por cuánto tiempo? —Se tomó el cuello con las manos y continuó-, todo en la vida no es más que una ”insoportable levedad" como . la llamaría Kundera. Se cambió de ropas y se fue a su jardín a remover la tierra y a cambiar algunas plantas de lugar. Sembró nuevas margaritas e hizo un cultivo de geranios lilas y morados. Luego, pintó allí en la tierra una estrella y sobre el dibujo sembró pensamientos amarillos. Ha- bló con ellos y les dijo que nunca dejaran de florecer, porque ellos, desde aquel día, serían su luz hasta el día en que la oscuridad eterna la visitara. También les dijo que ellos, al igual que Marrón, serían sus más gran- des compañeros porque aquel día había comprendi- do que ella no había hecho mucho al querer ser la mejor actriz, ni tampoco al querer ser la mejor maestra de arte dramático, que ahora quería hacer algo real- mente valioso. Quería ser feliz y no lo sería mientras fuera una extranjera ni mientras le estuviera huyendo a los recuerdos y al dolor. La felicidad —dijo en voz muy alta- está en afrontar con valentía y serenidad todo lo que la vida nos da. La felicidad está en disfrutar y sa- fl-ïw-ofl-¿»a _ 49 carle un buen provecho a todo lo vivido, incluyendo al dolor. Terminó de sembrar los pensamientos amari- llos y recordó que las flores amarillas eran las favoritas de Esteban. Tal vez, inconscientemente, por eso las había sembrado. Regresó al interior de la casa, se bañó, se acostó en su cama y se quedó dormida. V10 a Esteban con su jean y su camisa blanca, lo vio cabalgar sobre Marrón, atravesar caminos largos y fun- dirse con el sol. Luego lo vio cabalgar por la arena de la playa, era una playa extraña, luego se fundió en las aguas del mar. Ella intentó llamarlo, pero la voz no le salía de la garganta, entonces lloró y corrió hacia el mar. Allí en las aguas del mar se vio reflejada y pudo ver su rostro marchito, su mirada sin brillo y su cuerpo sin la esbeltez de otros tiempos y sin la armonía que da la juventud. Se acostó en las aguas del mar y le pidió a las olas que se la llevaran a donde Esteban no pudiera verla porque ahora se sentía vieja y fea y así él ya no la iba a querer. Las olas le hablaron y le dijeron que para él también había pasado el tiempo y que ya no era el muchachito de veinte años atrás, que ahora era un hombre guapo e interesante, menos apasionado que otrora, pero con más sabiduría, ’ que su rostro ni su cuer- po eran los mismos, pero que seguía hermoso, así como hermosa era ella. No te preocupes Airene -le dijeron—, todos los tiempos son buenos, todos los rostros son bellos, todas las miradas hechizan y todos los cuerpos. .. Las olas la envolvieron y no alcanzó a escuchar la últi- ma frase. Despertó y se alegró de que todo hubiera sido un sueño. Volvió a pensar en Esteban y también en Ucis. Se prometió que al día siguiente reanudaría su búsqueda y que no descansaría hasta saber el para- dero de aquel viejo amigo.
  26. 26. 50 LUZ MARINA OTÁDORA ARIAS Toda la tarde cabalgó y se imaginó a Esteban cabal- gar en la playa. Trató de imaginar su rostro, pero no pudo. ¿Cómo sería su rostro con arrugas? No, para ella nunca tendría arrugas porque cuando se ama no se permite el paso del tiempo para el ser amado. Ella nunca lo vería envejecer, nunca lo vería en el declinar de la montaña. Para ella, él siempre estaría en la cima. Se bajó del caballo y caminó un poco por el pasto, lue- go se detuvo junto a una ceiba y con un pedazo de hierro viejo que encontró allí cerca, empezó a pintar el rostro de Esteban. Se sentía adolescente haciendo eso, pero pensó que no importaba, que ”para el amor no había edad" y si la había a ella tampoco le importaba. Sólo cuando terminó su pintura, cayó en la cuenta de que ella nunca antes había pintado ni siquiera una flor. Durante toda su vida había estado convencida de que sus manos sólo servían para acariciar y para hablar. Aquella tarde volvió a subrayar que el único que. en la vida hace Irúlagros, además de Dios, es el amor. Claro que Dios es el mismísimo amor, de todas formas es lo mismo —susurró—. Después de acariciar a Marrón, .montó nuevamen- te en él y se dirigió a su casa. Cabalgó despacio y mien- tras lo hacía contemplaba las azucenas rosadas que forraban los caminos donde crecían imponentes las ceibas y los eucaliptos. v Cuando regresó, María le sirvió la cena y luego se fue a su habitación a leer un poco. No se pudo con- centrar porque tenía el sueño de la tarde tan encima de ella que no le permitía hacer a1go. lSacó su viejo ál- bum y se dedicó a ver fotografías. No había ningima en donde estuviera Esteban, tampoco tenía ningima de Ucis, había unas pocas de sus hermanas y otras de Á-‘uaflalap-a _ 51 su madre. Tenía recortes de periódicos de sus actua- ciones de hacía quince años, se miró y se comparó. Pensó que las olas tenían razón, que no hay épocas mejores ni peores en la vida, que todas pueden ser muy buenas o muy malas dependiendo de cómo eli- jas tú vivirlas. Antes de irse al teatro, miró el directorio telefónico y buscó el número de teléfono de Fernando, el mejor amigo de Ucis. Fernando era un destacado neurólogo que tenía como amante a la mejor amiga de su mujer. Airene nunca entendió cómo Rita, la» esposa de Fer- nando, no se había enterado de lo que ocurría. Los tres compartían casi todos los fines de semana, reali- zaban viajes al exterior y a veces se les veía en concier- tos o en conferencias. Sin embargo, en ocasiones, el triángulo se disolvía y se le veía a él con una o a él con la otra. A las dos se les veía muy felices con él y a él se le veía muy feliz con las dos, aunque las dos se dife- renciaban en la mirada. Dicen que las amantes miran con deseo porque siempre viven el placer en el instan- te, en cambio las esposas ya no miran, porque sólo viven el instante en el placer. Claro, es que ellas sólo tienen instantes para el placer, pues los que no son instantes, se lo dedican al trabajo, a la sociedad, a los hijos y al futuro. La secretaria le informó que Fernando no se encon- traba, pero que ella sabía el número telefónico y la di- rección de Ucis. Airene pensó que no lo llamaría, sino que le daría la sorpresa de visitarlo. El domingo en la mañana, después de homear el pan y saludar a Marrón, se vistió con sandalias color
  27. 27. 52 LUZ MARINA OTÁIDRA ARIAS café, una falda larga también café, pero un poco más clara, que combinó con un saco amarillo tejido por ella misma. Sólo se colocó un poco de maquillaje y se ama- rró el cabello con un lazo del color del buzo. Se despi- dió de María y salió apresurada. Aquel día, condujo a gran velocidad, actitud extraña en ella por su acostum- brada serenidad. Antes de entrar en la ciudad, miró de nuevo la dirección de Ucis y vio que su casa estaba ubicada en un suburbio, así que dobló por una vía un poco estrecha rodeada por grandes árboles. A unas cuadras vio, una linda casa aislada de las demás. Esa debe ser la de él —pensó—. Siempre le gustó estar solo. Bajó del auto y se dirigió a la puerta. Las piernas y las manos le temblaban. Era como si otra vez tuviera 15 años. Tirnbró y le abrió la puerta una mujer de unos cincuenta años. Le dijo que el doctor estaba en el jar- dín. Airene le pidió que no la anunciara porque quería darle la sorpresa, le dijo que hacía más de quince años que no lo veía. La empleada aceptó y la dejó pasar. Ucis estaba leyendo en el jardín y no percibió la llegada de Airene. Ella lentamente se acercó por de- trás y lo tomó por los hombros. Hola Ucis —le dijo-, él Volteó sorprendido y se abrazaron fuertemente. ¿Dón- de has estado en todo este tiempo? —le preguntó—. Me fui nuevamente a Londres. Necesitaba olvidar —res- pondió—. ¿Y pudiste olvidar? Tú más que nadie sabes que lo que se ama no se olvida. Es verdad —respondió él—. Pero Cuéntame —le dijo ella- ¿cómo has estado? , ¿cómo has hecho para sobrevivir sin mí? —dijo en tono de broma acariciándole el rostro—. Eso -dijo él—, sólo he podido sobrevivir. Hace falta tu presencia para po- der vivir. Los dos sonrieron y tomados de las manos Aupa! “ 53 se miraron a los ojos. Él pensó que el tiempo había pasado, que Airene ya no era la muchachita de quien él se había enamorado. Ahora era una mujer, con la misma mirada triste y con la misma sonrisa de Gioconda de otrora, con quince años más. Airene pensó que parecía que el tiempo no hubiera pasado, que Ucis seguía siendo el mismo hombre atractivo de otros tiem- pos. Aunque con unas arrugas más y con un poco menos de cabello, su mirada seguía conservando la profundidad de siempre. Su chispa de hombre brillante continuaba al igual que su sentido del humor. Toda la tarde hablaron de lo que habían hecho du- rante el tiempo que no habían estado juntos. Ella le na- rró básicamente de su trabajo en la facultad y de sus actuaciones en las diferentes obras. El sobre su retiro de la psiquiatría y su entrega a la lectura, pasión de toda la vida. También le dijo que había hecho una importante investigación en el problema de los psicópatas, pero que ahora le dejaba el trabajo a la gente más joven. —Oye, quiero contarte que hasta hace cinco años recibí tu encomienda. ¿Cuál? Tu carta —le respondió él—. Ah. .. ahí está pintada Gitana, siempre impuntual y despreocupada —agregó Airene—. No, el problema es que yo me cambié de dirección y aquí es muy difícil ubicarme. Tienes razón, yo me gasté media vida para encontrarte, si no es por la secretaria de tu amigo Fer- nando hubiera sido imposible dar contigo. ¿Aún te acuerdas de Fernando? —agregó Ucis—. i]um. ..! quién olvida a ese gallinazo. ¿Todavía sigue con esposa y amante? No sé, le respondió. Hace mucho que no lo veo, pero creo que sí, de todas formas no hay ser humano que aguante con una sola persona como pareja. Ni
  28. 28. 54 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS ustedes ni nosotros llevamos en la sangre la fideli- dad —dijo él—. ¿No? Entonces yo soy un extraño especimen, porque yo sí la llevo en la sangre. Será que eres un extraño especimen, 0 será que eres una tonta que no supo aprovechar la vida. Sí, de pronto tienes razón, pero en fin, ya no hay tiempo. El tiem- po para el amor ya pasó. Sí, todo tiene su tiempo — dijo él—. La empleada se acercó para decir que el almuerzo estaba servido. Desde aquel día mantuvieron una continua co- municación por teléfono y los fines de semana los pasaban los dos. Escuchaban música, iban al par- que o caminaban por el pueblo. Ella le leía libros y a Veces lo invitaba al teatro. Vivieron esta rutina hasta que terminó la temporada, meses después de haber regresado de Londres. Faltaban varios paí- ses por recorrer, pero Airene sentía que no quería volver a partir. Deseaba quedarse en su casa y sa- bía que disfrutaba profundamente de la compañía de Ucis. Sin embargo, ella tenía una gran respon- sabilidad con el grupo y con el público, así que con gran dolor tenía que continuar con su trabajo. En la última cita que tuvo con Ucis se juraron no volver a perderse y así fuera a distancia se manten- drían comunicados. Esa noche no tuvo que ir al tea- tro porque la temporada había terminado y a los dos días partirían para el Sur. Allí estarían quince meses. A ella eso le parecía una eternidad. No sabía por qué le do-lía la separación de Ucis, sentía que había un extraño vínculo con él, que no le había permitido olvidarlo durante esos quince años y ahora nueva- mente le dolía dejarlo. No tenía ganas de dormir, así que salió a cami- nar por el bosque. Estando allí recordó nuevamen- te a Esteban. Se acostó sobre el pasto y cerró los ojos. El frío la hizo estremecer, pero después de un momento se concentró en el recuerdo. Por su men- te pasó nuevamente la historia de su relación con Esteban. Recordó el. maravilloso comienzo, la so- portable mitad y el doloroso final. Tuvo que acep- tar que jamás había podido olvidar su cuerpo, ni sus labios ni su pasión. También aceptó que desde aquel hombre nunca habíatenido otra relación. En muchas noches de soledad y de frío deseó otro cuerpo, otra piel que la acariciara con su tibieza, pero nunca hubo nadie, no sabe por qué nadie más se le volvió a acercar. Sus compañeros la admira- ban por buena profesional, pero de ahí nunca tras- cendió. Tampoco tuvo amigos, es como si se hubiera muerto como mujer. Sí, hasta ahora se daba cuenta que estaba muerta, que sólo había sido 1o que era una actriz, que se llena de mil vidas sin que ninguna fuera la suya. Ahora a sus cuarenta y cin- co años comprendía, que Esteban la había matado con su engaño, con su desamor, con su egoísmo, con su mentira, pero ante todo la había matado con su abandono. Lloró en silencio y se preguntó en dónde estaría Esteban ahora, qué habría pasado con él. No sabía nada ni tampoco lo sabría nunca por qué ella no lo podía buscar, ya que era él quien se había ido, además, ¿para qué lo iba a buscar? ¿Qué le iba a decir? ¿Que lo seguía amando? Y a él ¿qué le iba a importar que ella lo si- guiera amando? A nadie le importa que otro lo ame o
  29. 29. 56 LUZ MARINA OTÁIDRA AmAs que sufra por él o que no sufra, a nadie le importa el dolor ni la felicidad del otro, a cada ser humano sólo le importa su propia felicidad o su propia desgracia, nada más que eso —se respondió—. Se levantó de allí y regresó a su casa, se acostó y se durmió pensando en él y deseando profundamen- te soñar con él. _ En el Sur le fue bien en su gira. Cuando ésta ter- minó le informó al director que se retiraba de su tra- bajo como actriz. lo lamentó, pero no intentó disuadirla de su decision, porque la conocía muy bien y sabía que Airene Del Mar jamás se echaba para - atrás. Ella le dijo que regresaría con ellos a Londres para arreglar lo correspondiente a sus cátedras en la universidad y después volvería. a su país. El di- rector le preguntó si se dedicaría a la- actuación en su país y ella le dijo que no, que ya era hora de reti- rarse y dejar que otros se desarrollaran como ella lo había hecho. Le dijo que se dedicaría a leer y a escri- bir. ¿Teatro? — le pregimtó él—. No, novela. No estaba enterado de que supieras escribir novelas. No sé, pero quiero escribirlas —le respondió ella- ¿y crees que es suficiente querer? En mi país dicen que cuan- do se quiere se puede. ¿Tienes un concepto tan po- bre de la escritura que crees que con querer se puede escribir? No, tengo un concepto muy elevado, por- que no se te olvide que estudié arte dramático du- rante años y allí me enseñaron a escribir, no precisamente novelas, pero me enseñaron a escri- bir. Además, cuento con la magia de un escritor. ¿Y cuál es esa magia? —preguntó el director—. LA SEN- SIBILIDAD. . muy“. 57 Dos años después regresó nuevamente, se en- contró con Ucis y siguieron siendo amigos de todos los días. En su tiempo libre intentó escribir, pero no pudo. Un día llegó a pensar que su amigo, el direc- tor, tenía razón: que con querer no era suficiente, así que abandonó el computador y se dedicó a cultivar flores que era otra de sus pasiones. Claro que esto no lo hacía tan frecuentemente porque desde que había regresado se había dedicado a acompañar a Ucis. Los dos disfrutaban como nunca la presencia que ‘el otro le proporcionaba. En algunas ocasiones, Ucis se quedaba en la casa de Airene o eHa en la de él, claro que nunca pasó nada más que un beso en la mejilla. Parece que nunca ninguno se preguntó por qué. Debía ser porque los dos lograban VIVIR así. Casi no tenían amigos, pero no los necesitaban. Con estar los dos era suficiente para sentirse bien. Cada día se inventaban cosas para hacer, si no se las inventaban leían o caminaban hasta esperar el ano- checer. Una tarde de abril, Ucis le pidió que se recostaran un poco, que estaba cansado. Te estás volviendo vie- jo— le dijo Airene—. Sí, a los casi 80 años ya los hom- bres nos empezamos a volver viejos. Si, tienes razón, a esa edad el tiempo empieza a pesar, bueno no sólo el tiempo, también la sabiduría. Se tomaron de las ma- nos y, allí acostados, él la miró a los ojos por un largo rato. Ella se sembró aquella mirada. Se acercó y lo besó en los labios. Estaba esperando esto para poder par- tir —dijo Ucis—. Sé que tú jamás darías un beso sin amor. Con su actitud no le permitió decir nada. Le colocó los dedos sobre los labios y cerró los ojos. Ella suspiró, lo abrazó y se quedó dormida.
  30. 30. 5a LUZ MARINA OTÁIDRA ARIAS Había mucha gente en el cementerio. Parecía que se hubiera muerto un líder político. Allí se encontra- ron las mujeres que lo amaron. Todas querían estar a su lado y cada una se disputaba el lugar de haber sido la última en la vida de él. Todas querían destacarse como su compañera de vida. Lloraban su partida, los amigos y pacientes exaltaban su nombre. La Sociedad de Psiquiatras de la ciudad se esmeró en una gran apo- logia del profesionalismo, la ética y la moral de ‘aquel destacado galeno que" desafortunadamente perdía el país. Airene solamente lloró en silencio. Colocó un ramo de astromelias blancas sobre su caja fúnebre y se marchó. Lo extrañaba mucho. Senlía nuevamente la sole- dad, no sabía con quién conversar ni qué hacer en las Ñ tardes. Los fines de semana eran insoportables, lo úni- co grato que hacía era cabalgar durante largas horas hasta caer exhausta. Ahora su gran confidente y ami- go era Marrón, se había convertido en su compañero fiel. ' Una mañana de finales de abril pensó que tenía que organizar su vida. Tenía que actualizarse, pues desde la muerte de Ucis no había vuelto a enterarse de lo que acontecía en el mundo. Así que decidió inscribirse al periódico, escuchar la radio, ver televisión y nave- gar por internet. Esto lo hacía sin muchas ganas, sólo quería estar ocupada para cuidar su salud mental. Des- afortunadamente, sus crisis depresivas de juventud se estaban repitiendo. Ella pensó que se debía a la so- ledad y por qué no decirlo al trauma que le había cau- sado la muerte del único amigo que había tenido en la Ahmad“, vida. Por otra parte, le era muy doloroso enterarse que su país, aquel que ella tanto amaba, era considerado el más violento del mundo. Esto lo vivía muy de cerca porque en esos días habían llegado a su casa varias familias desplazadas por la violencia. Venían tres an- cianos y cinco niños entre seis y diez años, cuatro mujeres viudas y dos hombres. Le pidieron que los dejara quedar porque los habían sacado de la iglesia, que los padres de allí decían que la casa de Dios no era para albergar desplazados, sino para que los hijos de Dios fueran a honrar al Padre. Airene les permitió que- darse y les ofreció comida. Luego, fue al pueblo y ha- bló con el alcalde para que les arreglara la situación. Después de una huelga aquellas familias se fueron, los ubicaron en un lugar que desde ese día sería un nuevo cinturón de miseria. A pesar de haber dejado su casa, Airene se había encariñado con aquella gente y los seguía visitando para llevarles comida y alguna ropa para los rúños. Tam- bién se quedaba algunas tardes y les leía cuentos, pero un día tuvo que tomar la decisión de no volver más allí porque aquella ”-comunidad" había crecido mucho y su nivel de vida era cada vez peor. Esta situación la angusüaba demasiado y por esa razón era mejor no volver. Se refugió en su casa y se dedicó a cultivar flores y hortalizas. Allí sembrando las plantas pensaba en Es- teban. Ahora a sus casi cincuenta años sabía que ese hombre había sido el amor de su vida, que nunca lo había olvidado y que inconscientemente lo seguía es- perando aunque estuviera convencida de que jamás
  31. 31. ¿a LUZ MARINA orALoRA ARIAS lo volvería a ver El único recuerdo que tenía de él era Marrón, tal vez por eso lo quería tanto. En medio de su soledad y tristeza no sabía a cien- cia cierta qué quería hacer con su vida, no tenía metas claras, simplemente subsistía, pero esa situación tam- bién la ahogaba y le producía ganas de huir nueva- mente. Sin embargo, sabía que con cambiarse de lugar no lograría nada porque la vida sólo está en la mente de cada uno, no afuera. Sabía que podía irse a donde fuera y, siempre estaría triste si no- tomaba la firme de- cisión de ser feliz con las cosas sencillas que poseía. Su trabajo le hacía mucha falta, la relación con sus com- pañeros, pero lo que más falta le hacía era el amor. Pero - ya a su edad no era posible encontrar un nuevo amor, además ¿como podía siquiera pretender eso si no ha- bía podido olvidar a Esteban? Eso sería imposible. Un día la visitó Gitana, su amiga de juventud. Ella se alegró mucho porque pudieron recordar viejas épo- cas. También hablaron del paso del tiempo y de lo que había hecho cada una. Gitana se dedicaba ahora al di- seño textil, pero la mayor parte del tiempo se lo pasa- ba en Italia con su hija, quien ya estaba casada y tenía dos hijos. Es terrible pensar que ya soy abuela —le dijo Gitana-, sólo cuando veo a rrús nietos puedo darme cuenta del recorrido de mi vida. A mí lo terrible que me parece es no haber tenido la posibilidad de tener nietos —respondió Airene—. Si los tuviera no estaría tan sola. Pero pudiste llegar a la cumbre como profesional —dijo Gitana—. Eso no es la felicidad. Ahora sé que la felicidad no está en las cosas. La felicidad está con las Maa-Im» _ s1 personas. Porque sólo con las personas se puede man- tener ese maravilloso sentimiento que nos mueve: EL AMOR —respondió Airene—. Gitana le prometió que se quedaría con ella unos días. Le gustaba mucho ese lugar y la compañía de ella. Aprovecharon para tejer, volver a leer los clásicos y dis- cutirlos. En las noches iban al bosque y el tema de Este- ban siempre salía a relucir. ¿No has sabido nada de él? —le preguntó Gitana—. No, es como si se lo hubiera co- mido la tierra —respondió Airene—. ¿Aún lo amas? Mori- ré amándolo. Pero ¿cómo puede ser tu amor tan patológico, ‘ si ese hombre te hizo tanto daño? No es patológico, sencillamente es amor y cuando ese senti- miento es de verdad, no muere. No importa lo poco o mucho que hayas recibido, sólo importa lo que hayas dado. ¿O es que acaso tú no crees que elverdadero amor trasciende? —le preguntó Airene—. Yo, mijita, lo único que sé es que me he gozado a todos mis amores que como bien sabes no han sido pocos —dijo Gitana—. Sí, tú has sido muy suertuda con eso del amor. Yo no sé si será suerte o, sencillamente, que tengo la capacidad de desapegarme rápido. Mira, cuando un amor se me va, sé muy bien que se murió y ya. Sufre la primera noche como una condenada, luego me tomo una buena copa de vino y después camino. lvfientras lo hago recuerdo los bellos momentos que pasé con él y después, recuer- do los malos. Así le paso un borrador a mi cerebro y ya está. ¡Quedo libre para el próximo! Loca, sigues siendo la misma loca de siempre, como dicen por ahí, ”genio y figura hasta la sepultura” -dijo Airene—. No, mi chinitica. .. hasta después de la sepultura. Porque si es verdad que tenemos muchas vidas yo pienso gozármelas todas y con los hombres, claro.
  32. 32. 62. LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS ¿Pero es que tú te crees eso de las otras vidas? —preguntó Airene—. Pero por supuesto que creo, qué talito que esto tan maravilloso fuera tan corüco. Eso sí me haría morir de tristeza. Yo en cambio -dijo Airene- pienso que la vida es un paso de un proce- so que lo das y luego se olvida, se borra. Creo que esta es la única oportunidad que tienes para hacer cosas y si las dejas de hacer te fregaste porque no hay una segunda oportunidad. Ahora entiendo por qué la mayor parte de tu vida la dedicaste a prota- gonizar la tragedia, si es que tu vida y tu pensamiento los vuelves una tragedia —dijo Gitana—. No es que los vuelva, es que son —replicó Airene—. No dejas de ser la misma mamona de siempre. No. .. —agregó Gi- ' tana. Se tomaron de la mano como dos adolescentes y siguieron caminando en silencio. Airene la condu- jo hasta la piedra donde se conocieron con Esteban. Mira -le dijo-z cuando me siento muy sola Vengo aquí y paso horas pensando en él y reviviendo nues- tras épocas felices. Lloro un poco y después de sen- tir que me he encontrado con él, entonces me puedo ir en paz a mi casa. ¿No piensas dejar esta vida de monja solitaria que llevas ahora? No Gitana, gracias a la tranquilidad que vivo en este lugar, he podido sobrevivir. Esto es lo mío; adoro la paz, el frío y la tranquilidad. Después de regresar de Londres no me veo como mujer citadina, creo que enloquecería. ¿Pero más? íMijita, si‘ tú desde siempre has tenido la teja corridísima! Gra- cias por el buen concepto que tienes de mí, amiga — respondió Airene—. De nada mi chinita y ahora vamonos a prender la vfogata y a bebemos un delicio- so vino caliente que yo ‘sé preparar. Aïuuflrlaua _ 63 Se sentaron junto al fuego y bebieron vino, tam- bién asaron masmelos. Airene se acostó en el piso y le dijo a su amiga que le había devuelto la vida, que en esos días se sentía muy deprimida, que ahora como en otros tiempos la había salvado de caer al fondo. Las verdaderas amigas -dijo Gitana- son esas que, como yo, siempre sabemos cuándo nos necesitan y por arte de magia ¡ras! Ahí caemos para salvar con nuestra bo- lita de cristal. Pues la tuya no es una bolita, sino una bolota, porque eres maravillosa. Con tu tranquilidad, sentido del humor y sabiduría logras en verdad ayu- dar. Por eso es que dicen que amigos son muy pocos. Pocos no. Poquisísimos. Rieron a carcajadas, luego se quedaron en silencio y se durmieron allí al calor del fuego. ' A la semana siguiente Gitana invitó a Airene a la ciudad. Se fueron de compras y después a ver Los Mi- serubles de Víctor Hugo, que la estaban presentando en esos días. Aprovecharon para ir a cenar a un buen restaurante y comprar algrmas cosas para la casa. Gi- tana no se regresó esa noche porque quería visitar a algunos de sus viejos amigos que había dejado cuan- do se marchó a Italia. Le dijo que al día siguiente la alcanzaría, así que Airene regresó sola. Al día siguien- te, Gitana la llamó para decirle que el hijo de Alejandro había muerto y que se quedaría para el funeral, que regresar-ía en tres días. Airene lamentó la muerte de aquel muchacho. Los jóvenes no deberían morir —dijo—. Ellos deberían vivir para hacer todo lo que tienen que vivir. La muerte casi siempre es injusta. Se lleva gente feliz y deja a los infelices, a los que no tienen en su maleta, sino tristezas y pobreza. Bueno —pensó—, esos que Viven así, Dioslos debió enviar para darnos una
  33. 33. 64 LUZ MARINA OTÁLORA ARIAS lección a los malos, como dirían los niños. Pero la lec- ción no la aprendemos porque seguimos siendo tan indiferentes frente al dolor del otro, que sólo nos irn- porta nuestro presente, nuestra comodidad y nuestro bienestar, sin importamos la desgracia de esos que tam- bién son nuestros hermanos, sin detenernos a pensar que ellos también sienten hambre, frío, soledad, aban- dono, pero sobre todo, sienten dolor. Se tomó la cabe- za con las manos y la metió entre las rodillas. Si yo pudiera hacer algo- se dijo—. Pero ¿qué? , si este país está tan descompuesto, si todo es tan difícil y, sobre todo, debo ser consciente de que mientras haya ham- bre, nadie podrá hacer nada. Desafortunadamente, eso es lo que más hay. ¡Hambre! Creo que moriré sin po- der hacer nada por nadie. Bueno, nada más de lo poco que he hecho. Se levantó de allí, sirvió un vaso de agua y se fue a la cama. Allí envuelta en su cobija de plumas pensó que ya había pasado algún tiempo desde que había dejado la Cátedra y el teatro, que era justo descansar después de tantos años de trabajo y estudio, pero ya le hacía falta estar activa. Gitana tiene razón, no puedo seguir en esta situación de monja solitaria. Necesito hacer algo útil, necesito dejarle un legado al mundo. Pensó ¿cuál podría ser? Bueno, realmente, ya he dejado un poco, gracias a la dramaturgia. He compartido con muchos chicos espacios de reflexión sobre la vida y sobre la muerte, sobre el dolor y la felicidad, sobre el amor y el desamor. No sé cuánto de todo eso habrá quedado en ellos, espero que algo. Espero haber cooperado con la felicidad o la realización de por lo menos uno. Suspi- ró. Empezó a pasar por sus recuerdos la cinta de los estudiantes que había tenido durante casi treinta años. fláwbtaa - Sonrió al recordar a los más traviesos, también cuando recordó a los necios y lloró al recordar a Arturo, su alumno que se suicidó. Era muy joven —pensó—. Una vez se enojó cuando me corté el cabello, me dijo que me amaba. Yo le contesté que además de que podría ser su madre, era antiético que los maestros tuvieran relaciones afectivas con sus estudiantes. Me dijo que los que se habían inventado esa parte de la ética no tenían ni idea del significado del amor, porque en el amor sencillamente no había ningún tipo de normas, por eso —dijo— es el sentimiento que guarda en su tota- lidad la gran magnitud de la libertad y por ende de la ética porque ser libre es ser muy ético con uno mismo —me dijo. Se durmió pensando en él.
  34. 34. TERCERA PARTE Gitana se encontraba nuevamente en Italia y allí pa- saba los días en la agradable compañía de su hija, una destacada pintora, y sus dos lindos nietos. Ella se go- zaba los días de todas las maneras posibles. Era una mujer que no aceptaba la vejez y por lo tanto, hacía muchas horas de gimnasia y cada vez que se veía una arruga en su rostro, aprovechaba los adelantos de la ciencia para visitar al cirujano plástico. Nunca decía su edad, pero parecía que jamás hubiera atravesado los treinta, incluso ni cuando la hija la alcanzó. En la últi- ma década se había dedicado al diseño textil y era tan diestra en ese campo que allá en Italia, ese arte se divi- dió en _dos épocas: antes y después de Gitana. Ade- más de su magia para hacer reír a la gente, también tenía magia para la combinación de colores y creación de diseños. Eso la divertía y le permitía llevar un buen nivel de vida, pues era la diseñadora exclusiva de las más destacadas "boutiques". La comunicación con Airene era frecuente por telé- fono, pero también se escribían interminables cartas, donde se contaban hasta el último suspiro que cada una tenía. Gitana le contaba de su último amor, de los éxitos de su hija y de las travesuras de sus nietos. Airene, por su parte, le contaba de la situación que vi- vía su país. Cada día la guerrilla se tomaba más luga-

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